Piketty y los guerreros de la justicia social: ¿una nueva esperanza?

Reflexiones sobre la pikettymanía. Se puede leer abajo o descargar en el LINK

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Piketty y los guerreros de la justicia social: ¿una nueva esperanza?

Mercedes D’Alessandro

Doctora en Economía de la Universidad de Buenos Aires

Dalessandro.mm@gmail.com
Twitter: @dalesmm

“La acumulación de riqueza en un polo es al propio tiempo, pues, acumulación de miseria, de tormentos del trabajo, esclavitud, ignorancia, embrutecimiento y degradación moral en el polo opuesto, esto es, donde se halla la clase que produce su propio producto como capital” (Marx, El Capital)

La Economía Política nace con un libro de Adam Smith que se llama casualmente “Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones“. ¿Cuáles son las leyes que rigen la distribución de la riqueza? ¿qué determina que unos sean ricos y otros sean pobres? ¿qué determina la movilidad social? Estas preguntas hacen al nudo conceptual de la Economía Política clásica y también inspiran a Thomas Piketty, autor del best seller económico “El capital en el siglo XXI”. Las preguntas fundamentales para Piketty se pueden expresar en las ideas de dos autores que cita en sus primeras páginas: la dinámica de acumulación del capital ¿lleva a la concentración de la riqueza en pocas manos? como diría Marx; o bien, las fuerzas equilibradoras del crecimiento, la competencia y el progreso tecnológico ¿nos llevarán con el tiempo a reducir cada vez más la desigualdad de modo armonioso para la sociedad? como diría un Kuznet.

 

A lo largo de varios capítulos Piketty irá desarrollando los argumentos que abonan o destruyen estas teorías tan disímiles, mientras entreteje su propio aporte. Uno de los grandes méritos de la obra de Piketty es haber mostrado de manera muy clara que en un mundo en el que la información es super abundante y muy accesible, una buena pregunta es fundamental. Sus resultados han recibido numerosas críticas en cuanto a la metodología, formulación matemática, base empírica, operacionalización de conceptos, etc. Sus predicciones no distan mucho de las que obtenemos por la mera aplicación del sentido común, aunque se respalden en la numerología. Como el mismo autor señala “la realidad concreta y burda de la desigualdad es evidente al ojo desnudo“.

Sin embargo, este libro nos pone una vez más frente al gran vacío teórico instalado en el corazón de la Economía Política. No por el trabajo de Piketty en sí mismo, que tiene la virtud aportar con digresiones teóricas, metodológicas e incluso históricas expuestas en toda su extensión, sino más bien porque hace unos años que la Economía Política está empantanada en discusiones estériles. El fracaso en ofrecer una versión sólida acerca de la última crisis financiera marcó otro límite en los caminos conceptuales tanto del mainstream como de la autoproclamada heterodoxia. El resultado, una Economía Política cada vez más fragmentada, elementos dispersos de teorías o problemas coyunturales, y “pensadores” sin mucha esperanza de darle un marco conceptual general o alimentar la ciencia propiamente dicha, en el sentido más romántico del término.

Piketty aparece como de la nada con un tema viejísimo – o al menos tan viejo como el propio capitalismo-, y con recomendaciones que ya hemos escuchado en más de una oportunidad: más educación, políticas tributarias progresivas, un Estado que intervenga, etc. Nada nuevo bajo el sol. Sin embargo agita el avispero y genera una catarata de reseñas, críticas y comentarios que van desde los premios Nobel más respetados hasta revistas de temas mundanos y fuera de la disciplina. El autor se convierte de un día para el otro en una especie de “Papa“ de los economistas: todos quieren una foto con él aunque la mayoría no leyó su Biblia ni comulga con su fe. Un día toma el té con el mainstream, otro día se camufla entre los heterodoxos, visita países ricos, pobres, debate con los más liberales y los más populistas. Piketty es recibido y aplaudido por un amplio público porque su mensaje tiene la virtud de ser políticamente correcto y criticar un poquito a cada uno de los distintos bandos, sin proponer soluciones demasiado polémicas (al menos en lo discursivo). Porque ¿quién no estaría de acuerdo con tributar a los más ricos y con que la educación es buena para la sociedad? ¿Quién podría decir que la desigualdad es algo deseable en un mundo en que cada vez son menos los que se quedan con la mayor parte de la riqueza producida en nuestro planeta? Las conclusiones de Piketty si bien tiene un tono apocalíptico –como le gusta decir a él- son lo suficientemente utópicas y cargadas de buena onda como para que todos podamos aplaudir tranquilos sintiendo que estamos del lado correcto.

Y entonces ¿qué valor?

En abril de 2014 Piketty compartió escenario con Krugman, Stiglitz y Durlauf en CUNY (City University of New York). Fue el primer gran evento que organizó Paul Krugman quien recientemente se sumaba al staff de CUNY, universidad pública, después de varios años en la exclusiva Princeton. También fue el primer show de Piketty con los premios Nobel cuando aún había pasado muy poco tiempo de la publicación de su libro en inglés. Krugman, -con una forma de expresarse, moverse, hablar, pensar sus preguntas en voz alta y contestarse a sí mismo con ojos desorbitados y movimientos dignos de un personaje de Woody Allen- lo festejó mucho y recomendó fervientemente su lectura, aunque al final de las exposiciones confesó ser un poco más optimista con los destinos del capitalismo y sobre todo a partir de los beneficios derivados de la innovación tecnológica y el conocimiento. Lo propio hizo Joseph Stiglitz, no si antes hablar de su propio trabajo sobre la cuestión. Joseph es experto en el tema, publicó muchas notas acerca de ese famoso 1% de los que más ganan y terminan apropiándose de más del 90% de los frutos del crecimiento económico, centrado en la experiencia de Estados Unidos y sus recientes episodios financieros. Fue Durlauf –sin laureles- el encargado de la crítica: el aspecto más controversial que encontró en el trabajo de Piketty es la forma en que se analizan (y miden) salarios y capital en el libro.

La discusión acerca de la teoría del valor es el núcleo de la Economía Política, pero no como una discusión ociosa entre académicos o algo que tiene interés solo para los historiadores del pensamiento económico como se la suele pintar, sino porque tiene impacto en la forma en que se conciben las leyes económicas y su naturaleza (son leyes exactas, son universales, podemos transformarlas o tienen carácter natural), los actores sociales y sus objetivos (si se trata de un individuo representativo, si son las instituciones o las clases sociales, la forma en que se toman las decisiones, el rol del Estado), la dinámica de la acumulación de capital, etc[1].

En el libro de Piketty el capital es considerado –digamos- al modo neoclásico: capital son todas esas cosas que agrupamos en la variable K: máquinas, dinero, minas con metales preciosos, activos financieros, incluso tierra, etc. Lejos está esta noción de considerar el capital como una relación social en el sentido marxistoide del concepto o pensar en una determinación regida por el tiempo de trabajo contenido en una mercancía – al modo de la economía política clásica-. Por tanto, lejos está de entender que siendo el capital una relación social, la forma en que se remunera al capital no es una simple derivación numérica que se desprende de una identidad contable, sino que se forma en un proceso en el cual intervienen actores sociales -trabajadores y capitalistas para Marx-, en el marco de la famosa lucha de clases. Pero no vamos a reclamarle a Piketty que sea marxista, cuando él mismo se desmarca de esta clasificación y acude a Carlitos sólo como musa inspiradora y no como biblia. Este comentario es simplemente para enfatizar que, aunque algunos querían adoptarlo para las filas revolucionarias, el rock star económico no es marxista y no ve a la lucha de clases como el factor que puede llevarnos a resolver este temita de que el capitalismo nos lleva a un mundo cada vez más desigual (con toda la pobreza espiritual y material que eso supone).

Piketty también estuvo de visita en la New School, bastión de la heterodoxia primermundista. Allí lo recibió Anwar Shaikh, uno de los representantes más respetados de la economía crítica, en parte porque además de proclamarse heterodoxo sabe mucho de matemática y puede hablar el idioma universal de las ecuaciones diferenciales sin perder el acento revolucionario. Esta es una virtud muy valorada en un ambiente académico que oscila en entre la matematización extrema de la ortodoxia y el “todo combina con todo” de los heterodoxos más eclécticos. “Digámoslo muy claro: la disciplina económica aún no ha abandonado su pasión infantil por las matemáticas y las especulaciones puramente teóricas, y a menudo muy ideológicas, en detrimento de la investigación histórica y la reconciliación con las demás ciencias sociales“ (Piketty). En un giro introspectivo, Piketty confiesa que en Francia los economistas conviven con intelectuales de las ciencias sociales, llevándolos a una mayor inclinación por argumentos retóricos que lo que él pudo sentir en el ambiente académico de Estados Unidos, donde se discuten problemas matemáticos sin interés para la sociedad y se evita responder preguntas de la gente común (según su percepción).

Shaikh valoró de Piketty el hecho de que partiera de analizar la economía (o el mundo) tal cual es y quiera entender sus problemas, movimientos, dificultades reales. Esto significa, que se aleje del modus operandi de los neoclásicos (ortodoxos) quienes postulan sistemas con mundos de ficción en los cuales hay consumidores y mercados perfectos. En ese sentido, valora que Piketty haya redescubierto a los clásicos (Ricardo y Marx) y los haya traído a la conversación en vez de partir de abstracciones vacías de contenido. Este comentario de Shaikh es parte de un frondoso debate acerca de la forma en la cuál hacemos ciencia: cómo elaboramos nuestras teorías, qué es lo que podemos abstraer de los fenómenos reales, qué perdemos en el camino, a qué renunciamos, cuál es la finalidad, etc. Debate que a veces se pierde en una discusión superficial acerca del realismo de los supuestos en una teoría o que simplemente se pasa por alto, como si todo estuviera solucionado de antemano y los conceptos fueran meros instrumentos neutrales o irrelevantes.

Después de hacer algunas interesantes notas sobre los números y las formas de comprender tanto el ingreso como el capital que darían una pintura diferente desde su perspectiva, Shaikh le señala lo que la platea estaba esperando: “Since capitalism is a social construction, it can be socially deconstructed” (dado que el capitalismo es una construcción social, debe ser socialmente deconstruído). Podemos hacer las cuentas que queramos y calcular cuál sería la forma más eficiente de cobrar impuestos y a quién, pero si bien es posible someter al capital a regulaciones racionales que partan de un frio análisis cuantitativo, éstas son ilusiones que duran lo que el mundo tarda en hacerlas volar por necesidades que trascienden nuestros cálculos academicistas. Piketty lo sabe, advierte que el punto de vista científico no puede poner fin a la violencia que engendra la desigualdad. Dicho en marxistoide: la lucha de clases es reducida aquí a la lucha por subir en la escala de los deciles en que se descomponen los niveles de ingresos. ¿Y qué impulsaría el ascenso o descenso entre quintiles, deciles y percentiles? ¿Un tecnócrata buena onda con ganas de hacer justicia guiado por los principios de racionalidad y equidad que representa los valores de una sociedad democrática? ¿Cuál sería la forma de convalidar esta distribución?

A Piketty le cabe aquí la misma crítica que le hace Marx[2] a la Economía Política clásica (Smith y Ricardo): su naturalización del orden burgués o bien, el hecho de que no cuestionen la forma en la que produce la sociedad capitalista, sino que la tomen como un dato, como algo natural, eterno, ahistórico y centren su atención en las leyes de distribución. Nuevamente, no le vamos a exigir marxismo a nuestro amigo francés, solo reflexionar acerca del hecho de que no está en cuestión aquí el sistema en su conjunto sino solamente la injusticia de su forma de distribuir la riqueza social.

¿El ocaso del American Dream?

 

El American Dream (o sueño americano) es probablemente una de las ideas más persuasivas de la cultura americana. Si trabajas duro vas a ascender en la escala social, vas a ser rico, exitoso y feliz. Esto te lo enseñan muchísimas películas hollywoodenses, pero también funciona a muchos niveles en la educación social. Es una forma de generar incentivos al trabajo ¿por qué otra cosa lo harías? Bueno, si, porque dignifica como diría la religión. Sin embargo, en la actualidad gran parte de la población se siente defraudada con esta idea. Tanto en los países en vías de desarrollo como en los desarrollados, algo parece no encajar con esa vía unívoca hacia la felicidad. En New York, por ejemplo, la “corrección política” pasa por reconocer la injusticia de que el 1% de los más ricos se queden con los frutos del esfuerzo de toda la sociedad, una consigna ampliamente instalada y reforzada con el movimiento Occupy Wall Street. Algo similar sucede en los países que están todavía sufriendo las consecuencias de la última crisis financiera, como España o Grecia.

Hace un par de días Christine Legarde, directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), decía que los tres objetivos centrales del FMI para 2015 consistían en 1) crecimiento, 2) crecimiento con inclusión y 3) crecimiento sustentable. Algo que podría decir cualquier líder popular latinoamericano en su discurso de la tarde. ¿Es que el FMI se hizo popular acaso? No, es simplemente que hoy hablar de desigualdad y políticas para luchar en contra de ella es lo políticamente correcto y esto ocurre tanto en las economías ricas como en las pobres (en donde además es también necesario).

Las clases medias y altas educadas del mundo (sobre todo de las economías más desarrolladas) están muy preocupadas sobre los destinos de una humanidad que daña al medio ambiente, que come mucha carne, que no recicla lo suficiente, que discrimina a latinos, negros o religiosos y que trata a los animales como animales. En estas sociedades en que todos quieren consumir algo que venga con el sello de fair trade, orgánico, sustentable ecológicamente, reciclable y hecho/entregado por trabajadores felices (y pollos que fueron a la universidad – como se parodia en Portlandia-), Piketty es percibido como uno más en el mundo de los SJW (Social Justice Warrior – los guerreros de la justicia social).

Por su parte, a los países de América Latina con Estados de presencia fuerte en la economía les viene bien que Piketty tire abajo esa idílica visión de que el crecimiento económico en un sistema de libre mercado derrama su abundancia sobre los más pobres y mejora calidad de vida y oportunidades. Piketty muestra con datos sólidos, para más de 20 países y con series de 300 años, que esto NO funciona así: que si al capitalismo lo dejamos solito para que haga de las suyas tiende a aumentar la desigualdad. Esto da una buena justificación para que el Estado salga a la cancha con el objetivo de mejorar la distribución del ingreso y evitar esta mayor polarización.

Piketty condensa el espíritu de una época. Es un contemporáneo que viene a refrescar el presente desempolvando ideas de la economía política clásica, pasándolas por el filtro de la teoría neoclásica para mostrar con sus conclusiones sobre una prolija base empírica y hacer predicciones que justifican nuestros temores de que el capitalismo así como está solo puede continuar con su injusto derrotero de desigualdad. Quizás una de las cosas más interesantes que nos aporta Piketty es señalarnos –una vez más- la necesidad de responder las preguntas fundamentales de la Economía Política. Más aún en un mundo de Big Data en que contamos con tanto material empírico para trabajar rigurosamente en nuestras investigaciones. Quizás el siguiente paso es avanzar sobre esta discusión que gira en falso y considerar si es realmente posible conseguir mayor ‘justicia social’ en un sistema económico que tiene como base de funcionamiento la explotación del hombre por el hombre.

[1] Estas discusiones las he desarrollado con profundidad en mi tesis doctoral, disponible en http://economixx.tumblr.com/. Principalmente capítulos 2 y 4.

[2] “Ricardo, economista de la producción par excellence, que tuvo por objeto comprender la producción moderna en su estructura social determinada, afirma por esta razón que el verdadero sujeto de la Economía política contemporánea no es la producción sino la distribución. De donde la estrechez extrema de los economistas que presentan la producción como una verdad eterna, relegando la historia al dominio de la distribución.” (Marx, Contribución a la crítica de la economía política)

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5 thoughts on “Piketty y los guerreros de la justicia social: ¿una nueva esperanza?

  1. Dado que si bien soy Licenciado en Economía no me considero economista, resumo:
    Cuál es la misión y target de la economía? La satisfacción de las necesidades de los seres humanos.
    Cuál es el rol del Estado? Establecer las reglas y leyes y, como hace el referee un un partido de fútbol o rugby, cuidar escrupulosamente de que se cumplan. Que no debe hacer el estado (referee)? Patear la pelota o recibir coimas de un equipo para ganar el partido aunque no lo merezca.
    En que se equivoca la izquierda? En creer que se puede desarrollar la economía sustituyendo el egoísmo positivo de los seres humanos por la acción de un Estado Empresario.
    Que pasa cuando la ecojomía es desarrollada por el Estado? Faltan papel higiénico como en Venezuela y tampones en Argentina.

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    1. Estimado José, podríamos ponernos a discutir de teoría económica, pero me parecería mejor q mandes una serie de gasto público sobre PBI por país (no es una medida óptima, pero es googleble y fácil de leer). Tal vez te lleves la sorpresa de que los países con mas injerencia del estado son los mas desarrollada. Digo no más, para no comprar buzones ideológicos.

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      1. Estimados solo para agregar a tal vez una futura discusión: Depende el tipo y el destino del gasto. Es algo laxo ese indicador. Supongamos que el gasto público sea un 40% sobre el PIB pero al analizarlo descubrimos que son sueldos de un estado inoperante y/o gasto en actividades militares.

        Por otra parte, buen comentario del libro de Piketty. La reacción muy concreta que tengo tras la lectura de la mencionada obra es la de una cierta imposibilidad de promulgar efectivamente un mundo de mayor igualdad dada que vivimos y viviremos en contextos sociales de cierta tendencia al egoísmo y valores que distan bastante de una mayor profilaxis social a pesar de sus mutaciones. En este sentido y una pregunta que se desprende del libro ¿que instituciones u organismos estarían aptos ética y técnicamente para gravar ganancias y promulgar impuestos sin ser corrompidos? creo que ninguno.
        Quizás la mía sea una óptica algo negativa a pesar de que en el libro hay cierta argumentación a favor.

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      2. Si te refieres a los países del norte de Europa, estoy de acuerdo, pero hay que tener la población con el perfil de esos países. De: economixpodcast Para: josebrunetta@yahoo.com.ar Enviado: Martes, 27 de enero, 2015 13:22:23 Asunto: [New comment] Piketty y los guerreros de la justicia social: ¿una nueva esperanza? #yiv1293088639 a:hover {color:red;}#yiv1293088639 a {text-decoration:none;color:#0088cc;}#yiv1293088639 a.yiv1293088639primaryactionlink:link, #yiv1293088639 a.yiv1293088639primaryactionlink:visited {background-color:#2585B2;color:#fff;}#yiv1293088639 a.yiv1293088639primaryactionlink:hover, #yiv1293088639 a.yiv1293088639primaryactionlink:active {background-color:#11729E;color:#fff;}#yiv1293088639 WordPress.com M commented: “Estimados solo para agregar a tal vez una futura discusión: Depende el tipo y el destino del gasto. Es algo laxo ese indicador. Supongamos que el gasto público sea un 40% sobre el PIB pero al analizarlo descubrimos que son sueldos de un estado inoperant” | |

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