Los hijos de la hiperinflación

Nota publicada en 2013 en Revista Crisis.

 

 

Los hijos del neoliberalismo “no fueron educados en la Argentina del trabajo y el esfuerzo”, dijo hace poco la Presidenta, y “necesitan del apoyo del Estado para salir adelante”. Nosotros, los hijos de la hiperinflación, hemos visto a nuestros padres y abuelos corriendo para ganarle al remarcador serial del almacén del barrio y hemos aprendido que ahorrar también es stockear fideos, azúcar y latitas de conserva en la alacena. Hemos conocido esos billetes de miles y medio millón de pesos. Usamos australes y aprendimos de chiquitos que se ahorra en dólares porque los pesos son traicioneros. Crecimos en una Argentina en la que el esfuerzo y el trabajo se evaporan en un chango de supermercado.  Suena lógico que hoy suframos este trauma infantil inflacionario, mientras compramos el futuro en cuotas.

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Esta inflación es distinta, no es la misma de los ’80:  un poco menos virulenta pero constante. Es un caudal que fluye implacable y se va filtrando por los intersticios de todas las relaciones económicas. Arrastra en su cauce restos de precios extranjeros, expectativas alocadas, salarios que jadeantes persiguen la canasta básica. Se arman remolinos dolarizados, aparecen todo tipo de seres superpoderosos en busca de sacar su tajada: buitres, mercados hambrientos de sangre argentina, enemigos íntimos que intentan desestabilizarnos desde la energía que nutre nuestras fábricas y mercenarios entre las góndolas. La máquina imprime millones de Evitas cada vez más desteñidos. La inflación no cede aún cuando los Quijotes armados con pechera albiceleste salen todos los días a combatir a ese monstruo devorador de sueldos con libretita en mano y la aplicación en el celular para cuidar los precios.

En medio de esta Argentina de las cadenas del ánimo y del desánimo, los economistas suben a su propio ring de boxeo teórico y animan una discusión pública que los hijos de la híper nunca habíamos presenciado. Definen a los otros y se autodefinen mientras proclaman distintos credos: liberales, keynesianos, marxistas, estructuralistas, etc. Un ejercicio estimulante pero que a veces, tanto para los economistas mismos como para los simples mortales, cuesta procesar. Cada una de esas ideas, causalidades, recetarios e indicaciones viene en un paquete que implica toda una concepción del mundo y de quiénes son los protagonistas de esta historia, con moral y ética propia. Cada una de las formas en que se entiende y combate la inflación entraña un camino distinto y, como en un “Elige tu propia aventura“, los distintos caminos pueden llevar a finales de la historia tan distintos como “termina su mandato anticipadamente“ o “se convierte en el domador más salvaje de los precios“.

Los gasto-enterrólogos y su romance monetarista

Dícese de esa generación de economistos y economistas que entiende que la causa actual de la inflación es el alto nivel de Gasto Público. Su recomendación es lisa y llanamente bajar este gasto, lo que -por supuesto- puede significar muchas cosas. Puede ser un recorte del 13% en salarios de empleados públicos y jubilaciones como el que llevó adelante De La Rúa buscando “el déficit cero“ allá por el 2001, asesorado por Lopez Murphy. Hoy podría significar retroceder con la AUH, o los subsidios que se han ido conquistando como paliativos de una estructura productiva que no termina de acoger a todos como trabajadores plenos y bien remunerados. Los gasto-enterrólogos son muy amigos de los de la vieja escuela monetarista que proclama “emitir nunca, rendirse al gobierno jamás“ y defienden a ultranza que la política monetaria se independice de cualquier necesidad del Estado de generarse caja. La idea básica es que, cuando aumentan los precios, si el Banco Central pone más dinero en manos del público, el público demandará más bienes y -ante una oferta que no puede acomodarse rápidamente a esta mayor demanda- ¡aumentarán los precios! De este modo, mayores salarios, gasto público y/o expansión monetaria son causas de inflación.

Por supuesto esta lectura tiene su momento de verdad y se puede encontrar una evidencia empírica entre la cantidad de dinero que se emite y la inflación. Pero ¿cuál es el correctivo ante este planteo? Enterrar el gasto, aumentar impuestos al consumo, congelar salarios y/o cortar con la emisión. ¿Hace falta decir quién sale perdiendo en este escenario?

Dolaradictos en el reino de la incertidumbre

Uno de los problemas centrales de los argentinos es la adicción al dólar. Una híper, una década de convertibilidad y una confiscación y pesificación brutal de los depósitos no son eventos fáciles de revertir en la psicología del agente económico. El dólar ha sido el antídoto para quienes pudieron hacerse de ellos. Es difícil encontrar especímenes que realmente crean que un chanchito lleno de pesos va a servir el año que viene para cambiar el auto o irse de vacaciones. No es cosa de especulación salvaje o antipatrias, aunque de eso también hay. Es simple supervivencia.

Cuestión que en épocas de inflación, los hijos de la híper nos refugiamos en el dólar. Pero de repente, por motivos que se explican en la nota de Bercovich, no hay tantos dólares como querríamos. Así aparece la “flotación administrada“ del billete verde (a.k.a., “cepo cambiario”) y se vuelve casi imposible conseguir esa droguita rara que te permite guardar el futuro en un papel. La ansiedad se apodera de la escena. Y no sólo eso: también empieza a aparecer el mercado negro. De repente nos vemos convertidos en yonkies que se sumergen en cuevas o inventan viajes para obtener dólares afuera. Hasta que un día, en enero y después de devaluar, el Gobierno afloja el “cepo” y los dolaradictos podemos volver a una fuente legal. Sin embargo, mientras guardar pesos no sea seguro ¿quién va a dejar de consumir dólares?

A la falta de dólares se le sumaron la incertidumbre y la desconfianza. Desde la intervención del INDEC en 2007 que nadie confía en las estadísticas públicas en relación a inflación, y por ende tampoco en las de salario real, línea de pobreza ni crecimiento. Ha sido un problema gravísimo durante todos estos años. En febrero el INDEC volvió a asumir que la “variación de precios“ existe y ya no es un secreto sumarial, y abrió un camino para negociar paritarias más ordenadamente y tener algún acceso a la financiación internacional. Pero a no festejar tanto: tenemos inflación y es más alta de lo que el Gobierno venía sosteniendo. ¿Dónde quedó aquel “si la inflación fuera del 25% el país estallaría por los aires” de Cristina en Harvard?

El consenso de Carrefour y los juegos del hambre.

No es novedad que en nuestro país muchos mercados están concentrados: cerealeras, metales, minería, combustibles, medios de comunicación, supermercados y muchos más. Sin embargo, en el último tiempo se ha instalado la idea de que son los supermercadistas (y algunas empresas de venta de electrodomésticos y productos para el hogar) los responsables de esta escalada loca de la “variación de precios“. Ante esta situación de injusticia nacional, el Gobierno nos convoca a todos los consumidores a que a la salida del trabajo patrullemos las principales cadenas buscando los faltantes de una lista de productos que estarían acordados. Para un trabajador promedio esto no es gran novedad: uno ya está acostumbrado a buscar precios, consumir segundas, quintas o décimas marcas. Sin embargo, ahora vemos desfilar en Facebook fotos de tallarines que escapan a su chaleco de fuerza disfrazados de spaghettis, o leches que se liberan de él gracias a algún aditivo vitamínico. Mientras nos indignamos con ellos y damos like, mcuhos de esos productos ni siquieran llegan a las provincias, que –lejos del paraíso de los subsidios- ven subir luz, gas y transporte. Ésta ha sido la principal política oficial para combatir la inflación. Sin embargo los changuitos salen cada vez más livianos y la concentración económica (que sería la culpable) sigue intacta.

Si la inflación se va, el desarrollo ¿vuelve? 

Ahora bien, supongamos que hay un éxito arrollador de los precios cuidados, los yonkies dolaradictos se calman y los amigos del Club de Paris y FMI nos tiran un salvavidas verde… Aún nos queda una economía soja-dependiente, con una industria siempre naciente y concentrada que no logra despegar y tiene una sed insaciable de divisas para funcionar. Una década entera no ha sido suficiente para tener una política que vaya a las cuestiones de fondo. Una sociedad que ha pasado por tener al 50% de su población bajo la línea de pobreza, y que ha conquistado luchando el pan que tiene en la mesa, no quiere volver a empezar. Por eso quizás haya que empezar a levantar la vista hacia un horizonte más lejano, probar otra estrategia para pasar de nivel en nuestro Candy Cash. Es hora de ir cambiando el modelo.

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