El “impuesto rosa” o lo último en la economía de género

Nota de Sebastián Campanario para el suplemento económico de La Nación

En el debate sobre la desigualdad de género en el mercado laboral hay una noticia buena y otra mala. La buena es que la brecha de ingresos tiende a cerrarse. La mala, que con viento a favor y toda clase de supuestos optimistas, la igualdad recién se alcanzará en 2058. El cálculo es para los Estados Unidos y fue hecho por un instituto especializado en el tema. Se estima que en América latina y en la Argentina en particular, la brecha resistirá más allá de ese año. Es más: en algunos segmentos, la diferencia de ingresos se está ampliando.

“La desigualdad se ve muy clara en los ingresos, pero también en otra multitud de variables. Por ejemplo, según la última información del Indec, una mujer que trabaja full time dedica más tiempo a tareas hogareñas que un varón desocupado”, apunta la economista Mercedes D’Alessandro, quien junto con sus colegas Magalí Brosio y Violeta Guitart alimenta con contenidos desde hace más de un año el blog Economía Femini(s)ta, especializado en economía con perspectiva de género. “Una mujer que llega fundida de trabajar tiene que ponerse a realizar las tareas de la casa mientras que su marido, que tal vez no trabaja y mira TV, no las hace porque «no le corresponde». Ejemplos así llegan de a cientos al blog”, dice la economista de la UBA.

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El 8 de marzo se celebra el Día de la Mujer, lo que motivará eventos y paneles de discusión sobre la problemática de género. Para anticipar el debate, LA NACION le pidió a D’Alessandro un repaso con algunas de las vetas más relevantes y curiosidades de la discusión. Estas son algunas perlas:

Desigualdad en todos los sectores. Según datos del Ministerio de Trabajo, las mujeres en promedio en la Argentina ganan 27% menos que los varones. En el sector informal de trabajadoras precarizadas la brecha llega a 40% (y está en aumento: era de 33,9% en 2003). En el otro extremo, las estrellas femeninas de Hollywood ganan varios millones de dólares menos que sus pares masculinos para roles de mismo nivel de exigencia y protagonismo, lo cual provocó quejas de actrices como Jennifer Lawrence y Charlize Theron, entre otras.

Ray, de Star Wars, en la avanzada. “La industria del cine está explotando que el tema se haya instalado en la agenda mediática, y contribuye en algunos terrenos a que haya más mujeres en la industria y a que cambie, aunque muy lentamente, el estereotipo femenino en el cine -explica D’Alessandro-. Aparecieron muchos festivales de directoras, productoras y guionistas mujeres. Las últimas Star Wars Mad Max tienen una heroína como personaje central. Incluso en The Martian está cuidado el balance entre mujeres y varones científicos. Pero hay un solo premio Oscar a una directora mujer (y sólo hubo cuatro nominadas en la historia). Y hay un solo premio Nobel de Economía a una mujer (que ni es economista).”

Sin corbata. Para las autoras del blog de economía de género, el mundo de los economistas es más machista que el de otras profesiones. Mientras que entre los sociólogos y sociólogas la brecha de ingresos promedio es de 8%, entre economistas es de 30%, según The Wage Foundation. A pesar de que en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA un 48% de los egresos son de mujeres, casi no hay representantes en los cargos altos del Ministerio de Economía o del Banco Central en el Gobierno. “¿Seremos todas muy vagas, sin experiencia y poco inteligentes?”, se pregunta D’Alessandro, que junto a colegas académicas lanza este año una diplomatura en Economía de Género. El anterior gobierno tampoco tenía una proporción alta de mujeres en lugares jerárquicos de economía, y D’Alessandro en su momento fue muy crítica con su ex pareja Axel Kicillof por el título de un programa de TV que promovió, de charlas descontracturadas: “Sin corbata”.

Impuesto rosa. En distintos países, economistas notaron el fenómeno llamado pink tax (“impuesto rosa”), por el cual las empresas de consumo masivo tienden a cobrar algo más por los productos para mujeres. En Estados Unidos se estimó un promedio de 7% adicional, aunque eso no se verifica en todos los estados. Si bien en la Argentina no hay estudios similares, según un recorrido que hizo en enero un periodista de la agencia Télam, un analgésico como el ibuprofeno de 400 miligramos costaba $ 11,36 más si venía en caja rosa; las pastillas frutales de “Princesas” salían $ 3,75 más que las de “Cars” o “El Hombre Araña”; un desodorante antitranspirante de 50 mililitros era $ 3,25 más caro si era para mujeres, y el par de maquinitas de afeitar podía pagarse $ 1,75 más en su versión femenina.

Bailando por un sueldo. Es el título de una sección del blog Economía Femini(s)ta, en la que mujeres de distintas profesiones cuentan experiencias de “micromachismos” en el trabajo. Para Mariana Chudnovsky, doctora en Ciencia Política de UdeSA, “existe una realidad cotidiana para las mujeres que avanzan en la carrera e intentan derrumbar, matizar o soportar alguno (o todos) de los múltiples factores discriminatorios. Hay un reconocimiento de los rasgos masculinos de la mujer fuerte que alcanza posiciones de poder, y/o su contracara, que presenta situaciones de alusión a la ropa, el peso o de si “está buena o no” sobre las mujeres en posiciones de mando. El desplazamiento del foco hacia lo estético encubre una estrategia de descalificación disfrazada de halago”.

Microdiscriminaciones entre economistas. “¿Cuán grande es el sexismo en la economía? La coautora de este artículo permanece anónima por este tema”, se titula un ensayo online firmado por el profesor de la Universidad de Michigan Miles Kimball y una coautora que no se da a conocer para preservarse ante posibles riesgos. La nota señala varias “microdiscriminaciones”: las economistas deben preocuparse por el largo de la falda para ir a entrevistas laborales. El artículo abunda en anécdotas de economistas que, en reuniones de pares, son confundidas por “esposas” de los académicos, y en las aulas, por secretarias o asistentes. “Una de las principales razones que hay para comportarse bien con otra persona es el miedo a que ese individuo se enoje o tome revancha. Con las mujeres, eso se desdibuja, porque pierden estatus si se las identifica como arpías o temperamentales”, se marca.

Buscando a Wanda. “Hicimos una recopilación de paneles de discusión en universidades, programas de televisión, revistas académicas, libros, etcétera y le pusimos «Buscando a Wally (o Wanda)», porque la proporción de mujeres tendía a cero”, cuenta D’Alessandro. En el blog también hay un “bingo de excusas” que organizadores de congresos y paneles suelen esgrimir a la hora de armar discusiones en las que prácticamente participan sólo hombres.

Un premier provocador. En el último Foro de Davos, una estrella fue el primer mandatario canadiense Justin Trudeau, joven, carismático y cool. Trudeau fue el primer político en su país en armar un gabinete de “feministros” (50%-50%) y llamó a los dirigentes a ser “tan feministas” como él. En el panel estaban Melinda Gates y Sheryl Sandberg, la CEO de Facebook, la firma que en su momento les propuso a sus empleadas pagarles el congelamiento de óvulos para postergar la maternidad, algo que generó fuertes controversias y burlas: el sitio humorístico The Onion publicó un artículo (satírico) en el cual afirmaba que Facebook ofrecía asistencia financiera para “criopreservar” (congelándolos) a los hijos recién nacidos de las empleadas.

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