El trabajo es una relación social

Hoy paso el día de los trabajadores en uno de los pocos países que no lo celebra, a pesar de que se recuerda la lucha por la jornada de 8 horas de los mártires de Chicago, que fue aquí, en los Estados Unidos. Aquí, en donde las jornadas laborales llegaban a demandar hasta 18 horas, llevándose las vidas de niños y adultos, mujeres y varones, a cambio de salarios de mínima subsistencia. “8 horas de descanso, 8 horas de trabajo, 8 horas de recreación” era la bandera de esta lucha en las primeras décadas del siglo XIX. Más de un centenar de años después las condiciones de nuestros trabajos, aún con una jornada regulada, sigue siendo la preocupación central de la mayor parte de la población en todos los países del mundo.

Quizás uno de los ejes más interesantes para discutir el trabajo hoy, en nuestra sociedad presente, sea el de la economía política clásica y nos haga volver al punto de partida. Cuando Adam Smith escribe la Riqueza de las Naciones e inaugura la economía política como ciencia, se encuentra con que el trabajo asalariado es una relación social. De repente, hombres y mujeres libres (sin lazos de dependencia, servidumbre o esclavitud) venden su fuerza de trabajo para las incipientes fábricas, para los campos, la construcción. La producción ya no está regida por la voluntad de un rey o por la planificación a fines de la subsistencia de una comunidad, sino que se compra y vende de acuerdo al mercado, ese nuevo Dios que organiza mágicamente los destinos individuales en pos del bienestar social. Más allá de las hermosas discusiones que se dan entre Smith, Marx, Ricardo y quienes acuden a este convite intelectual, lo cierto es que vale la pena volver a este punto porque hay una gran diferencia entre entender la economía como la forma en la que organizamos nuestra existencia social y productiva, a pensar el trabajo como un factor de producción (que se agrega a otros como la tierra y el capital), una actividad trunca que empieza y termina en un horario dado e implica ciertos movimientos. Hay quienes conciben trabajadores y maquinaria como dos cosas diferentes y no a las máquinas como productos del trabajo. Esa disociación provoca una diferencia profunda en el modo en el que pensamos esta relación social.

Están de moda esos debates acerca de la robotización y cómo las máquinas avanzan reemplazando trabajo humano. Bill Gates o Elon Musk discuten si hay que pensar en un ingreso universal o cómo convivir con millones de personas que no van a tener qué hacer. ¿Les ponemos impuestos a los robots? ¿les tiramos unos pesos a los desempleados para que subsistan sin necesidad de tener que emplearlos?… Lo cierto es que esta aparente contradicción entre trabajo y máquina que sacude las cabezas de nuestros millonarios tech, es en realidad la forma en la que el capitalismo se desenvuelve, la sangre que corre por sus venas. De lo que se trata es de desarrollar las fuerzas productivas. Y el problema en todo caso, es quién se apropia de los beneficios de este desarrollo de la ciencia, la técnica, la automatización. De ahí que Marx sale con esa loca idea de la “lucha de clases“. De allí también que la única forma en que los trabajadores pueden conseguir apropiarse del tiempo libre que generarían esos robots que ellos mismos crearon, es reclamándolo. No hay nada que llegue por la buena onda de los Musk, Gates, Slim o los designios naturales del mercado. O al menos nada que sea una solución de largo plazo.

El desarrollo de la ciencia y la tecnología expresa esa dualidad: al tiempo que libera al trabajador de tiempo de trabajo se libra de él. La cuestión es cómo apropiarse de este tiempo, cómo apropiarse de lo que producimos cada día en un sistema que tiende a concentrar riqueza en pocas manos y miseria en el resto.

Pensar en el trabajo como la forma en la que transformamos el mundo, y en el trabajo asalariado como una relación social es entender también que podemos cambiar la manera en que lo llevamos adelante, y que de eso se trata también resolver los problemas que enfrentamos. La precarización laboral es la precarización de la vida, y  lo que está en torno a esta relación fundamental problematiza un vínculo general, se trata de entender que el desempleo no es un problema individual. El trabajo es una relación social y la lucha de los trabajadores por mejores condiciones de empleo, por salarios, por oportunidades, por derechos, es una lucha por una sociedad que funcione mejor. Y es también una lucha por transformar relaciones sociales de explotación y sometimiento.

8 horas de descanso, 8 horas de trabajo, 8 horas de recreación, una consigna que parece tan simple,  pero que no encontramos realizada (y ni hablar si pensamos en los trabajos invisibilizados de nuestro día a día**) y que promete desafíos en el futuro cercano.

¡Trabajadores del mundo, uníos!

 

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