Las mil y una corridas, tormentas financieras y vientos huracanados.

En mayo, aunque parece hace un siglo, el gobierno experimentó una corrida cambiaria que provocó la devaluación del peso en más del 35% en muy pocos días. El BCRA aumentó las tasas de Lebac en un intento por contener a quienes querían refugiarse en el dólar; no tuvo resultados. El dólar estaba descontrolado y, sorpresivamente, el equipo económico apareció con una solución que ningún analista había anticipado: llamar al FMI.

A pesar de que Christine Lagarde, la directora del FMI, había estado los primero días de marzo en la Argentina, nadie había reparado mucho en qué se podía estar tejiendo. De esos días, recordamos las galletas de Chocoarroz que figuraban entre los excéntricos gastos del ministro de Hacienda Nicolás Dujovne, y los vinos caros que había abierto para agasajar a la misión del FMI que había venido en el marco de los encuentros de ministros de economía y banqueros centrales al evento del G20, liderado por nuestro país.

Todo se sucedió muy rápidamente: los primeros días de junio, el acuerdo con el FMI estaba cerrado por 50 mil millones de dólares y se trataba de un monto que los medios calificaron como “el paquete de ayuda más grande en la historia del FMI“. Aún con esa señal ‘para los mercados‘, no hubo calma en la plaza cambiaria. El 14 de junio, el día después de la sesión maratónica en el Congreso por el aborto legal, leíamos la noticia de que Sturzenneger había renunciado a su puesto. Su lugar fue ocupado por Caputo. En poco más de un mes, el dólar pasó de 21 pesos a casi 30 por momentos, y luego se estacionó en torno a $28. Pero lo peor de la “tormenta financiera” no pasó.

¿Por qué el dólar volvió a saltar los 30 pesos?

La semana pasada se aceleró la crisis turca y la Lira, su moneda, se depreció fuertemente impactando además en los denominados mercados emergentes, entre los cuales está Argentina. El mayor impacto sobre nuestro país está relacionado con lo que venimos señalando hace tiempo: una economía vulnerable a los movimientos de capitales como consecuencia (entre otras cosas) de un mal manejo en la política monetaria. “Los mercados“, esos seres mitológicos que aparecen en titulares y notas económicas, no le creen tanto al equipo de gobierno. “Contra las esperanzas de Macri, sus reformas atrajeron más que nada capital de cartera a corto plazo e inversiones en bonos, en moneda extranjera y nacional, en vez de inversión extranjera directa. El banco central de Argentina tiene una cuota importante de responsabilidad: pese a que su estrategia resultó en gran medida ineficaz para reducir la inflación al nivel deseado, los altos tipos de interés alentaron el ingreso de capital especulativo, lo que agravó los desequilibrios externos y aumentó la vulnerabilidad de Argentina a shocks externos” (Guzmán y Stiglitz). La bomba de tiempo de Lebacs que hoy intentan desarmar desesperadamente simplemente no funcionó: atrajo capitales especulativos y no logró contener la inflación (que era el objetivo central del programa de metas del BCRA).

Abundan las comparaciones entre Turquía y Argentina, aunque son casos bastante diferentes. Frente a la suba de la  tasa de interés de los Estados Unidos, que vienen funcionando como una aspiradora de dólares de los mercados emergentes, la reacción de los países fue bien distinta. Mientras el BCRA en Argentina aumentó la tasa de interés, Erdogan las mantuvo bajas. En Argentina se buscó mayor independencia del BCRA, en Turquía Erdogan puso a su yerno a cargo del Banco Central. También llamó a hacer patria comprando moneda local: “Si tiene dólares, euros u oro debajo de su almohada, vaya a los bancos para cambiarlos por liras turcas. Es una pelea nacional“, dijo Erdogan. ¿Les suena?

Paul Krugman escribió en su columna en The New York Times sobre Turquía: “No importa demasiado lo que causa una interrupción abrupta de los préstamos extranjeros: podrían ser eventos domésticos, como poner a tu yerno a supervisar política económicas, podrían ser las tasas de interés estadounidenses, podría ser crisis en otro país los inversionistas ven similares al tuyo. Cualquier sea el shock, lo crucial es que la deuda ha hecho que la economía sea vulnerable a una espiral de muerte. La pérdida de confianza hace que la moneda se deprecie; esto hace más difícil pagar las deudas en moneda extranjera, lo que perjudica a la economía real, reduce la confianza, y, más importante, genera una mayor depreciación de la moneda; y así sucesivamente”. Krugman, así como Varoufakis y varios analistas más (¡incluso Melconian en la Argentina!), piensan que hay que apelar a políticas más heterodoxas en el corto plazo (como el control de capitales), pero con promesas de volver a la ortodoxia en el largo. Los debates de este tipo llevan ya una década y siguen en un callejón sin salida.

 

La pesada herencia de Sturzenegger

“Sabemos muy bien que aquellos que nos sugieren un negocio con el FMI en realidad nos proponen renunciar a la independencia política de nuestro país”, dijo Erdogan cuando le sugirieron abrir las puertas al FMI. En la Argentina, mientras tanto, el FMI ya está instalado y con oficinas propias. Este lunes hubo una reunión entre Dujovne (Hacienda), Caputo (BCRA) y Roberto Cardarelli (FMI) para revisar que el país esté haciendo bien las tareas. Según cuenta María Iglesias, el combo con el que salió el gobierno hoy a “frenar“ la corrida del dólar fue aprobado por el organismo. El combo Caputo para enfrentar una nueva tormenta financiera consistió en:

  1. Un programa de cancelación de las Lebac, que pretende reducir su stock sustancialmente hacia fin de año
  2. Aumento la tasa de interés de referencia
  3. Suspensión de la subasta diaria de dólares que realizaba Hacienda (lo que dio lugar a especulaciones sobre un posible cepo por la pésima comunicación del ministerio de Hacienda. Aclaración: no hay cepo).
  4. El BCRA subastará US$ 500M para defender el $ de lo que pase cuando desarme Lebac.

El punto 1 consiste, básicamente, en desarmar la pesada herencia de Sturzenegger: “La decisión consensuada con el FMI partió de una premisa: sacarse de encima un “pasivo tóxico” en el que se han transformado las Lebac. Su existencia, razonan, genera zozobra cada vez que hay una licitación en el mercado cambiario, pero además tienen un rendimiento imposible de afrontar, en torno al 46% anual en pesos ahora y que hace imposible su refinanciación“ (Wende). Lo que hasta hace un mes y medio todavía vendían una maravilla de la política monetaria hoy es un pasivo tóxico a eliminar. De este modo, lo que intentan hacer es ir haciendo desaparecer las Lebacs y que quienes las tienen actualmente se pasen a otros activos (bonos de corto plazo, dólares, amor al futuro que promete Macri, etc.)

Pero más allá de los cálculos que se puedan hacer en torno a las reservas y si alcanzan o no para enfrentar esta situación, las altas tasas de interés -como señala Krugman- son una sentencia de muerte para la economía real, sobre todo en una economía como la de Argentina en donde gran parte del sector productivo son pymes con escaso acceso al crédito. Esto no es algo que desconozca “el mejor equipo de los últimos 50 años”. A pesar de los mensajes cargados de futuro y esperanza del presidente y su equipo, el acuerdo con el FMI incluye un escenario adverso, que se va pareciendo más a las consecuencias del plan Caputo-Dujovne, en donde la inflación es más alta y el crecimiento es menor (ver gráfico).

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El combo tormenta de Caputo por ahora viene expresando una dinámica clara: ajuste y endeudamiento. Además, el problema de la combinación entre ajuste y las proyecciones de crecimiento recortadas es que pone por delante el riesgo de caer en un círculo entre ajuste y menor actividad, que demande nuevos recortes por la caída de ingresos. Esta advertencia está presente en varios informes, incluso de consultoras afines al gobierno. También se señala la incapacidad del equipo de hacer frente a los problemas que impone la restricción externa. El déficit de la cuenta corriente se achica por la crisis y no por un plan o una política económica que esté dando resultados. Los cuadernos fotocopiados ponen en riesgo la obra pública, el último motor para sostener la ya deprimida demanda. 

El debate en torno a qué hacer frente a estos eventos de fragilidad financiera en los mercados emergentes es todo un capítulo de un problema mucho más grande: las heridas de 2008 que nunca terminan de cicatrizar, las crisis financieras y la dinámica propia del sistema capitalista. En Project Syndicate, uno de los espacios en donde podemos leer economistas de todo el mundo, la nota que circula estos días apunta justo al rol de los Bancos Centrales y la “miopía monetaria“: “¿Los bancos centrales independientes están dispuestos a forzar a la sociedad a sacrificar el crecimiento para preservar la estabilidad financiera?”. Esta pregunta es muy importante para la Argentina, dado que hoy el BCRA no está cumpliendo con sus objetivos centrales (ni siquiera los que acordó con el FMI): preservar el valor de la moneda y combatir la inflación. Su accionar, sin embargo, está deprimiendo -más aún- a la economía real. Los ministros ensayan sus propios experimentos mientras regalan reservas y endeudan generaciones enteras.

Spoiler alert: ninguno de los dos países parece encaminado a un final feliz.

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